Garage Olimpo crítica película

Cartel Garage OlimpoDirección: Marco Bechis.
País: Argentina-Italia.
Año: 2000.
Duración: 98 min.
Intérpretes: Antonia Costa, Carlos Echeverría, Dominique Sanda, Chiara Caselli.
Guión: Marco Bechis y Lara Fremder.
Fotografía: Ramiro Civita.
Montaje: Jacopo Quadri.

La barbarie se ha plasmado innumerables veces a lo largo de la Historia. Apenas hace trece años en África, en Ruanda, en 1994, la etnia de los Hutus mató a un millón de Tutsis, ante la pasividad internacional. Los cascos azules dijeron que estaban allí destinados para hacer un seguimiento de la paz, no para imponerla o mantenerla. Ese detalle, a priori insignificante, ese baturrillo de términos; preservar, imponer, mantener, supersivar la paz etc, hizo que se derramasen mares de sangre, sin que los Estados Unidos se decidieran a intervenir. Un millón de muertos negros no fueron suficientes.

En Argentina, aquellos que tenían ideas propias, diferentes a las que difundía la dictadura, fueron ajusticiados, durante 1976-1983. Se les buscaba en sus hogares, eran luego torturados a fin de que delataran a sus conocidos y amigos y luego, en lugar del paseíllo que Franco y su ejercito nacional daba a sus enemigos durante la dictadura en España, eran subidos a aviones y arrojados al mar, que hizo las veces de fosa común, sin posibilidad entonces de que los familiares de los asesinados pudieran recuperar los cuerpos de sus difuntos.

Garage Olimpo se enmarca en esos años de barbarie desmedida, de genocidio popular. Los detenidos eran conducidos a lonjas o garages como el que vemos en la película, centros de tortura, donde practicar toda clase de barbaridades con ellos, a fin de que los detenidos cantaran. La protagonista, Laura, alfabetiza a la gente de los arrabales y es sacada de su domicilio, donde vive con su madre francesa para ser llevada al centro de tortura. A partir de ese momento, deja de ser una persona para convertirse un número, A01, que será borrado de la pizarra, cuando deje de ser útil, alimento de los peces entonces,

La película no plasma como se llegó a esta dantesca situación. No hay partidos políticos por medio, ni posiciones enfrentadas. Todo transcurre dentro del Garage, donde los torturadores, soldados vestidos de paisano, cumplen su cometido, sin sufrir quebraderos de cabeza. Torturar pasa entonces a ser algo trivial, rutinario y anodino, como lo es para el carnicero que emplea su jornada laboral en un matadero, eviscerando animales o para el que va a la oficina ficha, está sus ocho horas y se va para su casita. Alternándose con naturalidad partidas de ping pong con sesiones de electrosock, como si todo estuviera en el mismo plano y las acciones, todas, fueran algo continúo, donde el asesinato y la tortura no implicase un punto de inflexión moral en la naturaleza de los torturadores. El horror acaba entonces naturalizándose formando parte del paisaje, sin que nadie repare en él, como tampoco nadie repara en esa puerta oxidada y diminuta que da al acceso al garage, situado en una calle, donde nadie sabe que ocurre dentro. La personalización de los torturadores, a los que se pone cara, acentúa la tragedia, porque cualquier podía serlo, no es gente armada que dispara a la masa en un momento determinado, sino personas de carne y hueso, cuya ocupación es torturar, obtener información y matar. Ponerle cara al demonio acongoja tanto como sus actos.

Duro visionado el de un película que alienta a apartar la mirada por lo brutal de los actos que vemos, exento del menor atisbo de sensacionalismo o morbo. No vemos pues las picanas sobre la carne, pero el climax, asfixiante y desolador, se logra desde el primer fotograma, como sucedía en la notable película «Buongiorno notte«, donde uno grupo de terroristas tenía secuetrado a Aldo Moro. Garage Olimpo es seca, dura, cortante, te pone un nudo en la garganta y humedece el lagrimal, acongoja y asusta a partes iguales. Nada hay más terrible que un ser humano dispuesto a hacer daño y ensañarse con los demás. Entre los torturadores está Felix, el cual es inquilino del inmueble donde vive Laura. Esto permite conocer algo mejor la mentalidad del torturador. No quiere éste en un principio interrogar y torturar a alguien que conoce, porque corre el riesgo de que algo brote en su interior. Solo es un momento, luego Félix cumple su cometido sin disquisiciones morales, convencido de su causa, más allá de que Laura entrevea que sus posibilidades de supervivencia pasan porque surga alguna relación de dependencia recíproca con su torturador.

La despolitización de la película hace que nos fijemos más en el proceso naturalizador de la tortura, convirtiéndose ésta en algo sistemático. Una maquinaria perfectamente engrasada que permitía llenar aviones con frecuencia e ir limpiando el paisaje de las malas hierbas, hierbas corporeas, con nombres y apellidos.

Uno siempre tiene la esperanza que películas así calen en el espectador, que sea luego capaz de sacar conclusiones, de llevarlo a la práctica, de rechazar cualquier clase de violencia. Pero el ser humano no espabila, no quiere aprender de sus errores y las limpiezas de sangre como pudimos ver en los Balcanes (1991-1995) se sucedieron a finales del siglo XX. ¿será diferente en el siglo XXI?. No tenemos argumentos para creerlo. Por lo pronto los Americanos, los amos del mundo, ubicados por encima del bien y del mal, no quieren respetar ninguna autoridad internacional. Ellos son sus propios jefes, y cuando nadie te controla es peligroso, porque hagas lo que hagas no tienes que rendir cuentas a nadie. Así luego se entiende que en el año 2007 en la Isla de Cuba, en Guantánamo, haya gente retenida desde hace más de cuatro años. Son presuntos terroristas. Aunque no hay pruebas que les incriminen, el Gobierno americano, saltándose a la torera la «presunción de inocencia», los tiene retenidos. Allí se practican toda clase de torturas, donde los presos son tratados como bestias, animales a los que apalizar, ultrajar, rociar con orina y excrementos y a los cuales vejar sexualmente. Esto es una realidad, ahora mismo, pero todos los continentes, el Europeo también, miran para otro lado. Nadie les puede toser a los Estados Unidos pues no admite recibir órdenes de nadie, convencidos de que solo ellos son capaces de preservar la paz mundial (con errores de bulto como el de Irak. Otro asunto que chorrea sangre pero que se circunscribe, cuando se trata en los medios de comunicación a dar el número de soldados americanos muertos, sin entrar a valorar el efecto que la Invasión ha tenido en el pueblo iraquí. Hay libros no obstante como Autopsia en Irak, que aportan información muy valiosa al respecto, para quien quiera hablar con datos en la mano y no como voceros de los titulares que escuchan en la radio).

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