La fuente de la vida

País: USA.
Año: 2006.
Duración: 97 min.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Interpretación: Hugh Jackman (Tomás/Tommy/Tom Creo), Rachel Weisz (Isabel/Izzi Creo), Ellen Burstyn (Dra. Lillian Guzetti), Mark Margolis (padre Ávila), Sean Patrick Thomas (Antonio).
Guión: Darren Aronofsky, basado en un argumento de Darren Aronofsky y Ari Handel.
Producción: Iain Smith, Eric Watson y Arnon Milchan.
Música: Clint Mansell.
Fotografía: Matthew Libatique.
Montaje: Jay Rabinowitz.
Diseño de producción: James Chinlund.
Vestuario: Renée April.

La fuente de la vida la renombraría como «El manantial del eterno aburrimiento«. La retórica visual ahoga una historia que en esencia guarda elementos para ser interesante, pero que ahogada en su barroquismo y su escasa hondura deja en la retina del espectador un vistoso aparato visual, que al principe seduce y luego cansa, tanto como una rubia explosiva. La segunda mirada ya no produce ni tanto goco ni tanto extásis.

Para embrollar la historia se ponen en marcha tres historias paralelas. En una de ellas un cirujano trata de salvar la vida de su mujer, aquejada de un tumor, que la matará en breve.
Su esposa escribe un libro ambientado en tiempos de La Inquisición y su marido será al valeroso héroe que llevará a cabo la peligrosa misión. En otra el cirujano-conquistador aparece calvo, comiendo trozos de corteza de ese árbol de la vida que es el santo grial, que anula la oxidación y por tanto la muerte.

Me ha aburrido como una ostra de un kilo con esta película. Los actores Hugh Jackman (Tomás/Tommy/Tom Creo), Rachel Weisz (Isabel/Izzi Creo), hacen lo que pueden, delante de sus pantallas azules y del cara a cara, donde sufren, penan, destilan su dolor y se desagarran la piel ante la impotencia de un destino prefijado con un crespón negro a modo de lazo.

Como historia de amor me ha dejado más frío que ese paisaje nevado que vemos donde yace el cuerpo de la difunta. En resumen un despropósito que encontrará defensores en aquellos que creern en el más allá, en las alegorías amorosos, en el amor tridimensional, espacial, cósmica e interplanetario. Ahí es nada.

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