la sombra del cazador crítica película

La sombra del cazadorDirección: Richard Shepard.
País: USA.
Título original: The hunting party
Año: 2007.
Duración: 96 min.
Género: Drama, thriller, comedia negra.
Interpretación: Richard Gere (Simon Hunt), Terrence Howard (Duck), Jesse Eisenberg (Benjamin), James Brolin (Franklin Harris), Ljubomir Kerekes (‘El Zorro’), Kristina Krepela (Magda), Diane Kruger (Mirjana).
Guión: Richard Shepard; basado en un artículo de Scott Anderson.
Producción: Mark Johnson, Scott Kroopf y Bill Block.
Música: Rolfe Kent.
Fotografía: David Tattersall.
Montaje: Carole Kravetz.
Diseño de producción: Jan Roelfs.
Vestuario: Beatrix Aruna Pasztor

La película se basa en un relato del periodista Scott K. Anderson publicado en la revista Esquire. En él contaba como por casualidad en su estancia en Sarajevo casi se encuentra junto a otros compañeros con uno de los criminales de guerra más buscados, Karadzic. En la película se toman ciertas licencias y Karadzic se sustituye por la figura de El Zorro. Si bien hay precedentes de obras que aunan el espectáculo y la denuncia como «Tres reyes», aquí el espectáculo es inexistente y la denuncia es un juego maniqueo con fotogramas reales de campos de concentración y civiles asesinados y tres civiles que quieren emular a Chuck Norris y ser héroes, donde se pone en entredicho la capacidad o el interés de la ONU, la OTAN, y la comunidad internacional en poner ante los jueces a los criminales de guerra. En los títulos de crédito del final, se mofan de que si no han detenido todavía a Karadzic es porque están muy ocupados buscando a Bin Laden, huido desde hace años, a pesar de que vivimos en un mundo globalizado, con millones de cámaras, donde podemos pensar que no hay un lugar donde esconderse.

El artífice de la historia es Simon un periodista metido duarante décadas en todos los fregados bélicos, que durante la guerra de los balcanes se enamora de una lugareña a la que deja embarazada y la cual muere tiroteada por obra de El Zorro, en su limpieza étnica contra la población musulmana, que luego se esfumaría convertido en un criminal de guerra a buen recaudo escondido en los bosques y con la población local como sus más leal paladín. Al ver a su novia muerta, mientras da su crónica pierde los papeles y también su puesto de trabajo. Duck, su cámara que le ha acompañado durante todos estos años, es promocionado, alejado del fuego de metralla y con las posaderas puestas sobre un butacón mullido y la cartera repleta de dólares.

Pasan los años, acaba la guerra en los balcanes que no las hostilidades y odios enconados y a comienzos del 2000, Simon lía a Duck para que le acompañe en una misión. Sabe donde está El Zorro y quiere que le secunde. Para hacer la peripecia, en teoría más graciosa, les acompañará en su odisea un joven recién licenciado en Harvard, hijo de un jefazo que recibirá su bautismo de fuego y buscará nuestra sonrisa, al contraponer su bisoñez ante la experiencia y descreimiento de Simon y Duck.

El cine es ilusión y parte de su magia consiste en que una persona normal viva un suceso extraordinario, único o paranormal. Esta parece ser la premisa, si bien, no les ocurre al trío algo de modo fortuito sino que ellos van detrás de la noticia, detrás del carnicero por el que se ofrece cinco millones de dólares. Esa aventura del trío resulta fallida, porque su aventura se nos presenta como un juego, y si hay ratos en los cuales pareciera que su pellejo no vale nada, en otros dan la impresión de estar de vacaciones. Esa falla interna, la falta de coherencia en la evolución de los personajes, su esquematismo hace que resulte imposible conectar con ninguno de los tres. Se nos da todo mascado, sin dejarnos leer entre líneas, así ya de primeras Simon aglutina en su persona todos los tópicos del corresponsal, maleado, descreído, pirado, para el que su vida no vale nada, convertido en un temerario, algo así como que «la vida real es la vida en la guerra», sin que en ningún momento lo que ha visto le permite formular un alegato inteligente sobre el horror de la guerra.

No contribuye a ello que sea Richard Gere el encargado de encarnar a Simon. Gere sigue demostrando que es un actor limitado, que está aceptable para películas de usar y tirar donde le vale con esbozar una sonrisa, lucir su cabellera blanca y pasear su silueta, pero si queremos contar algo más, si queremos ver la evolución de un personaje al que lleguemos a amar u odiar, Gere sigue sin ser capaz de ello. La indefinición de la historia es manifiesta, si se quiere hacer algo descabellado hay que darlo todo y liarse la manta a la cabeza, pero no se puede hablar de la limpieza étnica, sacar imágenes de gente asesinada y luego mostrar a un militar que reposa su gordo culo en una oficina mientras da buena cuenta de una caja de «dunkin´ donuts«.

Es necesario denunciar, pero hacerlo de esta manera tan chusca, cuestionar así la actuación de los organismos oficiales para con los criminales de guerra o terroristas internacionales, es reducirlo demasiado, llevar a cabo semejante esquematismo en los planteamientos; argumentos en titulares, hace que su efecto sobre la conciencia globlal, sea nulo, similar a no llevarlo a cabo.

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