Once Upon a time.

Después de finalizar el visionado de Once upon a time, luego de siete temporadas y 156 capítulos y tras más de 6750 minutos frente a la pantalla, al ver el último capítulo, uno siente una mezcla de liberación y orfandad, si como ha sucedido en mi caso la serie la he visto en un lapso de tiempo de unos tres meses. Al contrario de otras series que uno llega a la conclusión de que verlas ha sido una soberna pérdida de tiempo, con Once Upon a Time no he tenido esa sensación.


Los guionistas de la serie: Legacy, Edward Kitsis y Adam Horowitz, son los mismos que los de Lost, y más allá de que algún personaje apareciese en ambas, el espíritu de suspense y emoción es común a ambas series.

En Once upon a time lo que se libra es una batalla entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre héroes y villanos. Pero nada es blanco o negro, sino que esa escala de grises en la que se desarrollan las distintas temporadas, permite la redención, de tal manera que quien era un demonio redivivo, a saber, La Reina Malvada, tenga una segunda oportunidad, y la aproveche para obrar bien. Vemos que cada personaje malo tiene una historia de abandono paternal o maternal detrás, de injurias en su niñez, de algo que hará mudar sus tiernas infancias en algo fatal, pesaroso, que las envilecerá, empañando así cualquier atisbo de esperanza ni fe en la humanidad.

La idea consiste en que debido a un maleficio un sinfín de personajes de libro: Pulgarcito, Bella, La Bestia, Blancanieves, Caperucita, los siete enanitos, etc, han ido a parar a un sitio llamado Storybrooke. Viven allá sin saber que son personajes de cuento y que sus vidas (de cuento) pero para ellos reales, están en otra parte. Hay un niño, Henry, el hijo de la Alcaldesa, que es la Reina Malvada, que se empecina en dar con su madre, Emma, que lo dio en adopción al nacer. Da con ella y se la trae al pueblo y se afana en hacerle ve que ella es la salvadora, que tiene que tener fe en lo que él, su hijo, le dice y que solo ella puede salvarlos y romper el maleficio. Entra ahí en juego el reino de la magia, la fantasía, el creer en estos cuentos, y también en la literatura que los ha creado. Para ello Henry lleva siempre consigo un libro: Once Upon a Time, buscando siempre las correspondencias entre los personajes de los cuentos y el paisanaje que lo circunda.

Cuando la historia avanza van apareciendo lugares como la isla de los niños perdidos con Peter Pan a la cabeza y personajes como Robin Hood, Garfio, La sirenita, la bella durmiente, Cenicienta, Mérida, Maléfica, Kristoff, Pepito Grillo, Mulán y otros muchos. Esto es lo que hace que la historia resulte muy interesante porque sobre un tronco común la narración se irá ramificando, enredando a los personajes, dándole otra perspectiva y sentido a sus historias, pero siempre con una finalidad: que todos ellos tengan un final feliz.

En la lucha entre el bien y el mal la palma se la lleva el ser oscuro, Rumplestiltskin, interpretado por Robert Carlyle. Mi personaje favorito, junto a La Reina Malvada, interpretada por la actriz Lana Parrilla. Los capítulos nos ofrecen un movimiento continuo en el espacio y en el tiempo, gracias a portales que les permiten entrar y salir de Storybrooke para ir al bosque encantado, a la isla de los niños perdidos, a Camelot, a Oz y a otros muchos lugares, y experimentar un sinfín de aventuras.

Con la sexta temporada parece que la serie concluía, pero se alargó una temporada más. Una séptima que supuso el colofón a la misma y en la que Blancanieves, el Príncipe y Emma solo aparecen en momentos puntuales.

El gran aliciente que tiene la serie es la capacidad de entretener, seducirnos con la magia de sus personajes, llevarnos al territorio de la ensoñación y sobre todo, emocionarnos, pues tiene muchos momentos sencillamente arrebatadores. Si además la serie actúa como un acicate para echar mano de libros que tendremos por casa como Cuentos al amor de la lumbre de Almodóvar o algún volumen de los Hermanos Grimm, pues bienvenida sea la serie.

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