Vértigo (De entre los muertos) Alfred Hitchcock, 1958

Siguiendo con el pequeño ciclo de las películas del mítico director inglés, hoy nos acercamos a una de las más conocidas y celebradas. Aunque en la versión original se tituló únicamente Vertigo, en España, como parece que no entendemos las cosas si no se nos explican, se subtituló como De entre los muertos, el nombre original que tenía la novela en la que se basa la película. Títulos en España, una vez más.

Pero esa notoriedad con la que ahora la conocemos (ha encabezado listas ilustres como la mejor película de la historia), no la gozó en el momento de su estreno, que fue bastante tibio. De hecho, Hitchcock prohibió su exhibición y no fue hasta que los derechos quedaron en mano de su hija cuando pudo volver a verse. Aún así, en San Sebastian ese año pasó a lo grande.

Lo cierto es que viéndola de nuevo, tras muchos años, no creo que el tiempo haya pasado muy bien por ella. Se hace un poco chirriante en algunos aspectos, como el seguimiento que el protagonista, James Steward, hace de la chica, una joven por aquel entonces Kim Novak, a un palmo de distancia y que ella no se entera (o según la trama, no se quiere enterar). También que posteriormente a la chica que se le parece la quiera transformar en su amada muerta, y ella se lo permita, es algo que no se me antoja muy de los tiempos que corren.

Creo que la trama es más que conocida, pero trata de John (Steward), un hombre que sufre de acrofobia (lo que le produce vértigo, ojo, que el vértigo es el efecto, no la enfermedad) tras un accidente en una azotea persiguiendo a un delincuente en el que cae al vacío su compañero mientras él cuelga de una canaleta de forma penosa, aunque se salva.

Tras ello y permanecer retirado, tiempo después un amigo le pide que siga a su esposa Madelaine (Novak) porque está teniendo un extraño comportamiento. John da fe de ello, a la vez que se enamora perdidamente de ella, con su fría y distante belleza. Pero en una de sus «idas» se sube a un campanario y se acaba arrojando desde él falleciendo. John no puede subir debido a su agorafobia y solo puede verla caer y acabar desesperado. En el juicio por su muerte es vapuleado por débil (algo políticamente incorrecto también en estos días) pero exculpado de la muerte.

Tratando de recuperarse, John ve a Madelaine en cada chica que se le cruza y recorre los lugares en los estuvo con ella. Pero un día ve a una chica que realmente le recuerda más de la cuenta a Madelaine y acaba por entablar una relación con ella. A pesar de que su pasado y algunos rasgos físicos o la forma de vestir no se corresponden con su amada, él trata de ir cambiándola para que se parezca más a ella, a lo que la chica accede con tal de que la quiera. Si él no puede cambiar, lo hará ella.

Y bueno, hasta ahí voy a leer, el final hay que verlo. La historia realmente tiene su miga y es entretenida. Hitchcock demuestra su maestría detrás de la cámara y el interés no decae a pesar de las 2 horas largas que dura. Sin embargo no es una película en las cosas sucedan con prisa, sino más bien al contrario, se toman su tiempo para hacerlo todo, y las tomas son en general largas, desde luego mucho más que lo que vemos en el cine actual. El Technicolor tan propio de la época también se agradece, pues no tiene nada que ver con lo que se ve actualmente.

A pesar de la fuerte censura de la época, o precisamente debido a ello, la historia sexual entre los protagonistas está bastante edulcorada, con mucho simbolismo en la relación, elementos claramente fálicos, símiles y otras lindezas. En las conversaciones de Hitchcock con Truffaut incluso le hablaba de necrofilia.

La película es recordada también por un efecto visual que se inventó en este rodaje y que muchas veces se le conoce como el «efecto vértigo«. Es un movimiento hacia arriba de la cámara a la vez que se hace un zoom y que provoca ese efecto de vértigo que sufre el protagonista cuando está en altura.

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