Morir en San Hilario crítica película

Morir en San HilarioDirección y guión: Laura Mañá.
País: España.
Año: 2005.
Duración: 92 min.
Género: Comedia.
Interpretación: Lluís Homar (Germán), Ana Fernández (Esther), Ferran Rañé (Teodoro), Ulises Dumont (Mariano), Juan Echanove (Cura), Eric Bonicatto (Cándido), Milton De La Canal (Pablo), Max Berliner (Cayetano).
Producción: Julio Fernández.
Música: Francesc Gener.
Fotografía: Javier Salmones.
Montaje: Bernat Vilaplana.
Dirección artística: Balter Gallart.
Vestuario: Marisa Urruti

Sobre el papel, la película tiene elementos que la hacen interesante. Un matón huye con un botín, se esconde en un tren, y se baja en medio de la nada, en un pueblo llamado San Hilario donde los lugareños lo esperan como agua de mayo, ya que creen que éste, es Germán Cortes, el cual les ha anunciado que desea morir en San Hilario, para lo cual ya ha fijado la fecha del óbito, lo que provoca la algarabía y felicidad general en el pueblo, pues hace muchos años que allí no muere nadie y una defunción es todo un acontecimiento, en un sitio que antaño fue popular por su manera de organizar los entierros, tanto que la gente iba a morir allá.

«El Piernas» que así se llama el matón, les seguirá la corriente hasta que descubra el pastel. En ese lugar en medio de la nada, que bien podría ser fruto de la imaginación, no hay televisión, ni periódicos, ni policía, del tal modo que El Piernas pasa desapercibido.
En el pueblo hay personajes variopintos, rayanos en lo surrealista con los que la película exuda un aliento poético, ficcionando la realidad con seres fabulados, entre los que nos encontramos a Teodoro, el cual siempre amanece con la idea de suicidarse y cuando anda en ello al final desiste, para ir tachando de la lista aquellas cosas que quisiera hacer antes de morir, el cura paranoico que está como las maracas de machín obsesionado con la apariencia de Dios, Esther, la mujer que se enamora de aquellos que van a morir, alcanzando el éxtasis místico-carnal, al conocer la naturaleza sincera sin veladuras ni ambages de los que saben que van a morir y no tienen nada que ocultar.

Por momentos, esta película me recuerda a la magistral «Amanece que no es poco«, pero es solo una ilusión, un espejismo en ese paisaje desolado, ya que nada tiene que ver tiene ese surrealismo hipnótico de la película de José Luis Cuerda con este realismo mágico de Laura Mañá, donde se mezcla la comedia y el drama, en este cuento de final «no feliz» o quizá sí, donde «El piernas» estirará la pata, cerrando el círculo de su existencia finita. Una muerte puede dignificar una vida, dice uno de los personajes. Una escena también puede dignificar una película, pero no es el caso.

Morir en San Hilario, no acaba de coger el tono en ningún momento. Los diferentes personajes perdidos en su surrealismo se muestran distantes y no es posible acercarnos a ellos, sentir su peculiar mundo como nuestro, o cuando menos fantasear con ese universo de fábula, donde todo es tan perfecto, que hasta la llegada de Germán Cortés nunca muere nadie.

Destaca la interpretación de Lluis Homar que tras su paso por La mala educación nos va deleitando con sus apariciones en Los Borgia, La distancia o en Bosques de sombras y de Ana Fernández (Amor en defensa propia, El corazón de la tierra) que no lo tiene fácil para dar vida a su peculiar personaje que habla poco y debe transmitir sus emociones con su abismal mirada, saliendo ambos bien parados. Nada que objetar tampoco a la preciosista fotografía y la orquestación musical, pero la película falla en lo esencial; resulta un cuento soso, trabado y deslabazado, que no obstante tiene cierto encanto por lo original de su planteamiento y su puesta en escena, unas interpretaciones ajustadas, un escenario sugerente y una idea, que si bien podía haber dado mucho más de sí tampoco conviene desdeñar, pues Morir en San Hilario es una «rara avis» dentro del cine Español a la que quizá su carga poética toque la fibre de algún espectador o llegue a cierto público, que logre verla con otros ojos.

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