Mucho ruido y pocas nueces

No, no voy a hablar de alguna nueva o antigua adaptación de Shakespeare. Quien más quien menos, se habrá visto “asaltado sonoramente” alguna vez por algún indeseable en una sala de cine. A mi me ha pasado recientemente y me voy a tomar mi pequeña venganza relatando aquí lo sucedido.

En un principio yo estaba felizmente sentado en mi butaca, después de los trailers y anuncios de rigor y en la pantalla ya estaban los créditos iniciales de la película. Entonces, tarde como es preceptivo, llegaron 3 tíos armando un poco de escándalo, riendo y tropezando con las butacas, a pesar de ser guiados por la linterna del acomodador, hasta llegar a mi altura. Al estar sentado justo en la primera butaca no solo me tuve que levantar, sino salirme para que pudieran entrar los 3 tipos, ya que iban cargados con paquetones de palomitas tamaño supergigantesco y una cocacola del tamaño de las copas que gana Fernando Alonso.

Una vez sentados, despojados de sus chequetas, colocados en su sitio y comentada la jugada, los mendas se pusieron en situación y el que estaba a mi lado levantó del suelo el paquete de palomitas y empezó a deglutir el mismo sin miramientos. Debido a la poca luz no puedo afirmarlo, pero la explicación más sencilla es que llevara guantes, sino no se entiende como tenía que remover tanto la caja para coger las palomitas. Además el cartón que usan en los cines debe ser el de los trasbordadores de la NASA, porque al rozamiento con las palomitas hacía un ruido como si estuviera forrado de amianto. Después de capturadas las palomitas, el tipo se las llevaba a la boca, las metía a presión y las devoraba de nuevo ruidosamente y, como no, con la boca abierta. Además se notaba que estaban recién hechas, porque crujían que ni el Titanic en sus peores momentos. Este proceso lo repetía el tío con una periodicidad mínima y sin dar muestras de agotamiento. Rebuscar, capturar, estrujar, masticar y de nuevo rebuscando. Repítase 800.000 veces o hasta acabar la susodicha caja de palomitas.

Los de la fila justo delante duraron 5 minutos y se cambiaron 3 filas más adelante, lo que calculo que amortiguaría el ruido que escucharan de las palomitas en un 3% a lo sumo.

Si pusieran los tamaños de las cajas por duración, esa sería la caja de las 2 horas de metraje, pero el monstruo de las palomitas que tenía a mi lado se las ventiló en 20 minutos. Al menos parecía que el infierno había pasado. ¡Iluso de mí! El tío tenía recursos para todos, debía trabajar de hombre orquesta, porque su muestra de ruidos era impresionante.

Comerse una caja de palomitas de ese tamaño y a esa velocidad le empezó a producir escozor en la garganta, o algo así, aunque solo fuera por el rozamiento, y empezó a toser desacompasadamente, espero que por eso, no solo por joder. Pero en ese momento vino a su mente, y a la mía, algo que ambos habíamos olvidado, la cocacola tamaño pecera con pajita, que hasta entonces no había tocado. ¿Es posible sorber y hacer a la vez ruido dentro del vaso de cocacola y con la boca? Pues este lo hacía. No me atrevía a mirarle porque ya llevo años curado de mis pesadillas y ver aquello, además de oírlo, podía suponer para mí una recaída insuperable, pero o el bote tenía algún agujero o la paja tenía el grosor del tunel del Canal de la mancha, porque contando lo despacio que pasaba para mí el tiempo, debió de durarle segundos. Como no, tampoco aquello fue una noticia extraordinaria porque el bote fue a pasar al suelo, y con ese tipo de cosas tiradas desde esa altura suele pasar que caen y los cilindros es lo que tienen, que ante las superficies inclinadas, que les da por rodar y rodar, rodar y rodar, así que los que se habían cambiado de asientos, se pudieron llevar un regalo a casa.

Con tanta actividad, el sujeto de los ruidos no había tenido mucha ocasión de hacer comentarios, excepto en escenas muy señalas, pero ahora, con las manos vacías y la garganta ya engrasada de nuevo, estas aumentaron.

Pero yo notaba que algo faltaba, y no sabía el qué. Tenía la impresión de que el tragantúa este aún no había acabado con su repertorio y en esas cavilaciones estaba cuando me sacó de ellas un estridente pitido. Como no: ¡el móvil! Algo que no puede dejar de estar encendido en el cine si quieres seguir manteniendo tu estatus en la directiva del club de los tocapelotas. Rebusca el móvil hasta que lo encuentras (yo debo ser raro, porque siempre lo llevo en el mismo bolsillo, pero esta gente no, tiene que buscar en cinco hasta que da con él. Debe existir una ley de Murphy que hable del tema, pero la desconozco). Menos mal que cortó la llamada, porque si le llega a dar por contestar, o el tío o el móvil o yo salimos volando de allí.

Mi sentido arácnido, que desarrollé en esa sesión, contra mi voluntad, me dijo que el que le llamaba era del mismo club de jodealquetengascercaqueesmásfácil, por que no contento con que le cortaran la llamada, a los 5 minutos le mandó un mensaje. Lo curioso es que el otro, después de haberle sonado ya una vez, ¡¡¡no quitó el sonido!!!

La confirmación de que la caja de palomitas era gigantesca llegó cuando el compañero le pasó las que se sobraban porque, como pudimos oír el cine entero, no le cabían más. Esta vez al estar ya empezada solo le duró unos minutos, pero para esas alturas creo que mi capacidad auditiva se había reducido a la mitad por desgaste.

Y más o menos así llegamos al final (o lo que sea) de la peli, que por cierto era Flores Rotas, de Jim Jarmusch. Si queréis saber la cara con la que salí del cine, creo que más de uno me confundió con Bill Murray en sus momentos de mal aspecto.

Nuestra puntuación
¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 0 Promedio: 0)

3 comentarios en “Mucho ruido y pocas nueces”

  1. Hola.
    Es sabido que los cines ganan el mismo dinero con la taquilla de las películas que con las chuches y quincallería varía que dejan entrar en las salas; cocacolas de litro, cajas de palomitas de un kilo, bocatas de chorizo de barra de pan. Ya que la entrada cuesta novecientas pesetas de las de antes, no estaría mal que el servicio recibido a cambio fuese correcto. Y tener que aguantar a una persona que se está pegando la gran comilona a tu lado, pues que sé yo, es demencial, y dan ganas de poner en práctica algo de lo que se ve en el cine y convertirse en un aniquilador de come palomitas.
    A mi me ha tocado ir a ver Matrix , estar siete en la sala, los asientos sin numerar, e ir a sentarse cuatro moetes justo al lado nuestro, teniendo toda la sala para nosotros y darnos la película con las palomitas, el ronroneo de las bolsas de plástico al abrirse el masticar de las palomitas, el gas de las cocacolas, los eruptos con sabor a chorizo de albelda, etc. Pero como todo esto lo venden en los cines y de eso viven, pues como para cortarlo e impedir la entrada a toda esta gente, que por desgracia es mucha.

    Responder
  2. Es una vergüenza lo que hace la gente en el cine entre la comida y los móviles fastidian más de una peli al resto.
    Muy divertido

    Responder

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: