Sweet Virginia 2017

Sweet Virginia, película de 2017 de Jamie M. Dagg, pasó por algunos festivales pero sin llegar a estrenarse en la gran pantalla fue directamente al mercado de venta y alquiler. La vi en Filmin y sin parecerme una obra maestra tiene elementos interesantes. Por una parte está el entorno en el que se ubica: Alaska. Un paraje frío, rodeado de montañas, que dota los fotogramas de un aura inhóspito, desolado.

La acción se precipita casi desde el inicio cuando a un bar llega un fulano pidiendo que le den de comer cuando el local ya está para echar el cierre. El no por respuesta acarrea la muerte de quien le niega y de los dos otros hombres con los que éste compartía mesa, uno de ellos el dueño del local.

Sabemos luego que aquello no fue fortuito. Que el asesino, Elwood, es un sicario que extralimitándose en su cometido, mató a tres hombres por el precio de uno. Lo mejor viene ahora: el encargo se lo hizo una mujer, con pinta de mosquita muerta, que quiere quitar del medio a su pareja para quedarse con su dinero. Que mal está si mal se quiere. 

Los escenarios son mínimos. Un hotel de carretera regentado por un antaño famoso cowboy local especialista en rodeos, Sam Rossi, ahora desconocido no solo por los más jóvenes. La vida fluye sin estridencias hasta que se suceden esos inopinados asesinatos. La violencia no es explícita, más bien es como un hachazo, golpea y se repliega. La tensión se mantiene, en parte gracias a la solvente interpretación de Christoper Abbott en su rol de perturbado. 


Se resuelve la película de forma abrupta, creando un paréntesis en la comunidad, que volverá poco después a su monotonía, a la placidez de una vida morosa, con una imagen final en la que cristaliza todo lo anterior, la amante de Rossi mesando sus cabellos, acariciándolo, entregado al amparo que ofrece el amor y la compañía ajena mutua.

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