This must be the place (Paolo Sorrentino 2011)

This must be the place cartel película SorrentinoPelícula: Un lugar donde quedarse (This must be the place). Título original: This must be the place.
Dirección: Paolo Sorrentino.
Países: Italia, Francia e Irlanda.
Año: 2011. Duración: 118 min.
Género: Comedia dramática. Interpretación: Sean Penn (Cheyenne), Frances McDormand (Jane), Eve Hewson (Mary), Judd Hirsch (Mordecai), Kerry Condon (Rachel), Harry Dean Stanton (Robert Plath), Joyce Van Patten (Dorothy Shore), David Byrne (él mismo), Olwen Fouéré (madre de Mary), Shea Whigham (Ernie Ray).
Guion: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello; basado en un argumento de Paolo Sorrentino. Producción: Francesca Cima, Nicola Giuliano y Andrea Occhipinti. Música: David Byrne, con letras de Will Oldham.
Fotografía: Luca Bigazzi. Montaje: Cristiano Travaglioli. Diseño de producción: Stefania Cella. Vestuario: Karen Patch

A Paolo Sorrentino merece la pena seguirle la pista. Quién haya visto sus anteriores trabajos: L´uomo in piú, Le conseguenze dell´amore o Il divo sabe que Sorrentino tiene un mundo propio, su propio universo.

Esto en sí mismo no es bueno ni malo, pero testifica su singularidad como artista, que lo es.

En esta película Sorrentino decidió cruzar el charco e irse a rodar a los Estados Unidos, contando como protagonista principal con Sean Penn, el cual ya sabemos que no le tiembla el pulso a la hora de elegir sus papeles.

Aquí Penn encarna a Cheyenne un hombre cincuentón, que hace 30 años triunfó en la música, hasta que lo dejó, atormentado con la muerte de dos fan que se suicidaron quizá influenciados por sus letras góticas, tristes, deprimentes. Lo estético se volvió existencial o mejor, dejo de ser existencia gracias a la música y Penn desde entonces carga no solo con esa cruz, sino también con el hecho de no haber visto a su padre en treinta años, y volver a reencontrarse con él en un tanatorio.

Cheyenne sale de Dublín, donde vive junto a su mujer, para saldar las deudas con su pasado. En el entierro de su padre, judío, descubre cómo este sufrió la humillación por parte de un nazi, en campo de concentración, el cual todavía vive en una caravana en medio de la nada.

Sí, el viaje exterior, esa travesía por unos Estados Unidos inmensos, de carreteras interminables, donde el gris del asfalto se funde con el horizonte, supone a su vez un viaje interior en Cheyenne que debe mudar la piel, o más bien desprenderse de su máscara, vaciar lo estético para que aflore lo existencial, dejar esa depresión y tristeza que lo lastra, para soltar lastre, recuperar el cariño de su padre a través de un acto heroico y nada más heroico que una venganza. Y luego seguir viviendo.

Sorrentino logra hipnotizar, con esa combinación alquímica, de imágenes y música (una banda sonora de David Byrne brillante). Ciertos encuadres son de la marca Sorrentino, también su forma de arañar las historias, de mostrar seres descarnados, perdedores, que llevan su cruz a cuestas o en este caso una maleta con ruedas.

La escena en la que Cheyenne conversa con un hombre tatuado en la barra de hablar acerca de la bondad y la compasión es impagable.

Grazie Sorrentino.

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