A propósito de Schmidt crítica película

A propósito de SchmidtDirección: Alexander Payne.
País: USA.
Año: 2002.
Duración: 125 min.
Interpretación: Jack Nicholson (Warren Schmidt), Kathy Bates (Roberta Hertzel), Hope Davis (Jeannie Schmidt), Dermot Mulroney (Randall Hertzel), June Squibb (Helen Schmidt), Howard Hesseman (Larry), Len Cariou (Ray), James Crawley (Dave Godberson), Cheryl Hamada (Saundra), Steve Heller (Ken).
Guión: Alexander Payne & Jim Taylor; basado en la novela de Louis Begley.
Producción: Michael Besman y Harry Hittes.
Música: Rolfe Kent.
Fotografía: James Glennon.
Montaje: Kevin Tent.

El gran aliciente de esta película sin discusión, es Jack Nicholson que está inmenso.

Schmidt es el vicepresidente de una compañía de seguros al que le llega la hora de la jubilación, la cual va acompañada de una celebración organizada por la empresa en la que se le da las gracias por su labor durante todos estos años de dedicación y entrega, caracterizada por su buen hacer. Schimdt parece morderse la lengua, haciendo un esfuerzo ímprobo para no desatarse y decir lo que en verdad piensa acerca de su jubilación, de su joven e inexperto sucesor, de su futuro, etc.

Schmidt vive junto a su mujer con la que lleva casado varias décadas. Ha llegado un momento en el que cualquier acto de su mujer, por trivial que sea, le encoleriza y desata su ira (le molesta que ella tire los productos a la basura porque han rebasado la fecha de caducidad, le crispa que ella le obligue a mear sentado o que en las conversaciones, ésta no le deja intervenir, relegalándole a la invisibilidad, etc.)

A un futuro incierto en el rol de jubilado, se une la repentina e inesperada muerte de su mujer. Schmidt se siente sólo en este mundo. Su única hija, que acude al funeral acompañada de su novio, no puede quedarse a hacerle compañía como es el deseo de su padre, ya que ésta anda entregada a los pormenores que implica su inminente boda, que tendrá lugar en pocas semanas.

Schimdt toma entonces la vereda del abandono, de la dejadez. Su casa se convierte en un basurero, en una amasijo de latas y comida en mal estado. Para sortear la situación, Schimdt sube a bordo de la autocaravana que el matrimonio había comprado y que estaba pendiente de estreno. La película entonces adopta la forma de una road-movie y Schimdt comienza un viaje que lo llevará a visitar su pueblo natal en el estado de Nebraska, la casa donde nació (en su lugar ahora hay un concesionario), el instituto donde aún se conserva una orla con su foto. Conocerá a Americanos de raza india que le contarán su truculento pasado y tomará también contacto con una pareja que como él, viajan en caravana, donde tiene lugar uno de los pasajes más divertidos y absurdos de la película. El final del viaje le lleva a casa de su hija, para acompañarla en el día del desposamiento. La interpretación de Hope Davis (Jeannie Schmidt) está muy lograda, y vemos que Hope le va cogiendo el gusto a este tipo de papeles (La verdad Oculta, El hombre del tiempo)

El jugo de esta caústica y ácida comedia se exprime a manos llenas, cuando Schmidt conoce a la familia del novio, integrada por seres poco convencionales: la madre del novio que alardea de su irrefrenable ardor sexual, el hermano del novio que pareciera un muñeco de cera por su pasividad y cara de pasmado, el novio paternalista demasiado perfecto, y el padre que ve cercenado una y otra vez su discurso por las pullas de su mujer que sigue reinando sobre él incluso después de divorciados.

El suspense, que también lo hay, está servido, pues no sabemos si a Schmidt, de naturaleza impredecible, se le cruzará el cable, si dará rienda suelta a su crispación, poniéndose el mundo por montera, tanto en la ceremonia de su jubilación, como en el enlace matrimonial, cuando le toca decir unas palabras.

Esa labor de contención, la expresividad gestual que logra Nicholson no está al alcance de muchos actores, y es gracias a él, lo que hace que esta ácida comedia sea un vehículo de lúcido entretenimiento, que rehuye del drama (no pretende la historia apabullarnos con los aciagos avatares de Schmidt, abriendo el grifo lacrimógeno) para demostrarnos que quizá la diplomacia, la tolerancia, el talante (la palabra ya existía antes de que Zapatero la hiciera suya, monopolizándola) sean el camino (no el único, ni el más cómodo) hacia la felicidad, o cuando menos a la tranquilidad o reposo espiritual, que libere nuestra conciencia de remordimientos y pesadumbres.

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