Dos días una noche (Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne 2014)

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Los hermanos Dardenne siguen metiendo una y otra vez el dedo en la llaga con cada una de las películas que realizan. Cine social, respaldado unánimemente tanto por la crítica como por el público.

En esta ocasión la pregunta que nos plantean es. ¿Estarías dispuesto a renunciar en tu trabajo a un bono de 1.000 euros a cambio de que una compañera de trabajo, que está a punto de ser despedida, mantuviera su puesto de trabajo?.
La empresa es una PYME, no una multinacional deshumanizada e impersonal, sino una empresa familiar donde para bien o para mal se conocen todos.

La empresa la integran 16 empleados, 17 contando a la protagonista, Sandra. La cual recibe el viernes la noticia de que va a ser despedida, tras una votación realizada, en la que la mayoría de sus compañeros han optado por el bono.
Tras insistir a su jefe, éste accede a realizar una nueva votación, secreta, el lunes, de tal modo que si una mayoría quiere que Sandra permanezca,renunciando al bono, él acatará la decisión.

Sandra dispone entonces de todo el fin de semana para visitar a todos sus compañeros y compañeras de trabajo, de muchos de los cuales no sabe donde viven y cuya dirección debe buscar en la guía telefónica o bien lograr las direcciones a través de otros compañeros, en un carrera frenética contra el reloj.

El problema es que Sandra acaba de salir de una baja de varios meses por depresión y sus jefes han llegado a la conclusión de que se puede hacer el mismo trabajo con 16 personas (aunque sea preciso recurrir a alguna hora extra) que con 17 y que por tanto no les es necesaria (no olvidemos que para cualquier empresa, grande o pequeña, la contratación de personal y el gasto que acarrea es un mal mayor, de ahí que se traten de ajustar las plantillas al máximo)

Gracias a la ayuda del marido de Sandra (ayuda ofrecida en parte de forma interesada, en cuanto que vivir únicamente con el sueldo de él les obligaría a dejar la casa y volver a una vivienda social y en parte desinteresada, fruto del amor que siente por su mujer y la necesidad de verla restablecida, útil, valiente, animosa), ésta encuentra en su interior la determinación y el empuje necesario para dar la cara, aunque se la partan, yendo al encuentro de sus compañeros de trabajo, fuera del recinto físico donde conviven varias horas al día.

Sandra baja la calle, coge el autobús y va al encuentro de ellos en sus domicilios, en la calle, en los lugares donde trabajan de forma clandestina, en canchas de fútbol donde ejercen como entrenadores, en lavanderías del barrio, en zonas periféricas, y una vez allí, cara a cara, les pedirá mirándoles a los ojos, con un nudo en la garganta, que renuncien al bono a cambio de que ella no pierda su puesto de trabajo.
Situación que para los interpelados va mucho más allá de dar un sí o un no, o un ya me lo pensaré como respuesta, porque esa decisión adoptada, tendrá una trascendencia, porque esa respuesta es algo que los definirá como seres humanos, que los hará sentirse orgullosos o viles, donde habrán de poner en claro qué es lo importante en este asunto, si lo humano, si lo crematístico o incluso lo divino, porque hay quien tomará su decisión en base a sus creencias religiosas, encaminadas al buen proceder, a seguir el camino de la justicia, de lo que considera cada cual como correcto.
Una pregunta cuya respuesta no es fácil, ya que el sí o el no, no es algo objetivo, dado que la respuesta de cada uno está en función, depende, de quién es la persona que se va a la calle, de quien es la persona que te pide que hagas ese esfuerzo económicos. Para unos Sandra, es un compañera de trabajo y nada más. No sienten pues ninguna relación especial con ella e incluso hay quien la ve como una jeta, la cual tras estar de baja por depresión (enfermedad que suscita muchas suspicacias en terceras personas), ahora les pide que renuncien a un dinero a cambio de su permanencia, cuando ésta ni les va ni les viene. En otros casos, votar por ella le supondría al votante (con pocos meses en la empresa) que la renovación de su contrato estuviera en el aire en el futuro, y también hay historias de fondo, de solidaridad laboral pretérita, donde Sandra arriesgó entonces su puesto por defender a a un compañero, que ahora tiene la oportunidad de devolverle el favor, para no caer muerto de la vergüenza. Como se verá, la decisión de cada uno, ya no es una cuestión de dinero o no, pues todos mantienen un estatus laboral y económico precario (clase media-baja), y excusas para negarse siempre encontrarán, tantas como para ayudar a Sandra.

Sandra lucha con coraje por su puesto de trabajo, por su dignidad, pero a su vez tiene la sensación de que esto que hace no es otra cosa que mendigar, que si la gente la apoya, es por compasión, por pena, solidarizándose con su desgracia y desamparo.

La película rehuye lo maniqueo y es todo lo compleja que se quiera, tratando de abarcar en su galería de personajes, tantas situaciones como pueden darse en la realidad, rehuyendo también de lo sentimental, lo que no impide que Sandra no pueda menos que llorar a cada rato, dudando de sí misma, encontrando no obstante la fuerza para pelear, para luchar, para dar la cara y no esconderse, ni huir y anularse bajo la ingesta de pastillas, para hacer valer su dignidad (eso que nos caracteriza y ennoblece), y ahí la película es inapelable, potente, bella y necesaria.

Si Sandra consigue mantener después de su periplo de fin de semana, de su vía crucis particular, su puesto de trabajo o no, llegado el caso, no importará, no será determinante.

Sandra supera (o va camino de superarla) la depresión gracias a la confianza que encuentra en su interior para plantar cara (o mirar a los ojos) a sus compañeros, a su jefe, para defender sus convicciones y su puesto de trabajo, para en definitiva (!menudo final!) ser consecuente de sus actos u omisiones.

Marion Cotillard
Marion Cotillard

Marion Cotillard deja el star-system americano, vuelve a la patria gala, se pone el mono de faena, se mete en el papel de lleno y borda su interpretación. La película es sobresaliente entre otras cosas gracias a su natural, espontánea y sentida interpretación, la cual no puede ser más veraz, intensa y creíble. Sandra, es ya, por derecho propio, una heroína moderna.

No tenéis excusas para no verla. O sí, pero de todas modos, verla.

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