La grande bellezza (Paolo Sorrentino 2013)

La grande bellezza poster movie

Película: La gran belleza. Título original: La grande bellezza. Dirección: Paolo Sorrentino. Países: Italia y Francia. Año: 2013. Duración: 142 min. Género: Comedia dramática. Interpretación: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Carlo Buccirosso, Iaia Forte, Pamela Villoresi. Guion: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello. Producción: Nicola Giuliano y Francesca Cima. Música: Lele Marchitelli. Fotografía: Luca Bigazzi. Montaje: Cristiano Travaglioli. Diseño de producción: Stefania Cella. Vestuario: Daniela Ciancio.

Dos veces he visto La grande bellezza antes de escribir esto. No me sucede esto casi nunca, ya que la mayoría de las películas se agotan en un visionado. Con esta película de Paolo Sorrentino, viéndola solo una vez, tuve la sensación de que me perdía muchísimas cosas.
Películas como esta, marcan las diferencias entre literatura y cine, porque la película de Sorrentino es muy visual, a pesar de que la misma se inicie con una cita del libro Viaje al fondo de la noche de Celine. Este artefacto fílmico es tan visual que tras finalizarla, aún hoy hay unas cuantas imágenes, un buen número de ellas, que siguen flotando en mi memoria, con visos de quedarse ahí durante un tiempo.

La primera vez que la vi me pareció una película banal
, donde su protagonista, Jep Gambardella, va de fiesta en fiesta, sin que la historia diera mucho más de sí. Vista de nuevo, me veo obligada a entenderla y explicármela desde otro punto de vista.

Durante el primer cuarto de hora, apenas hay diálogos. Vemos a un japonés desplomarse bajo un sol romano de justicia, a un hombre orondo mojando sus sobacos en una fuente, a monjas cantando gregoriano, niñas corriendo por un claustro jugando con monjas jóvenes y risueñas, todo con una luz natural desbordante, y a esa luz se suma luego la luz artificial, los neones de la fiesta, bailes de cuerpos procaces, siluetas femeninas adivinadas tras un cristal, drogas, alcohol, gogós, en una discoteca donde suena Raffaella. Una sucesión de imágenes entre la música discotequera y lo sacro, entre la luz y la oscuridad, que deparan efectos hipnóticos, sedantes, adictivos.

¿Cómo apartar los ojos de la pantalla?. Imposible.

Un cuarto de hora así, con ese alud de imágenes tan sugerentes, sólo puede llevarlo a cabo un director único como lo es Sorrentino.

Todo lo que vemos gira en torno a la figura de Jep, escritor de un solo libro, aún recordado por muchos, que realiza ahora entrevistas, muy particulares, a personajes de lo más granado, como esa artista conceptual embotada en sus delirios artísticos tras cabezazos a los muros, enquistada en su argumento de que un artista no debe explicarse, que su obra (aunque sea la mayor estupidez que podamos imaginar) habla por sí misma, a la que Jep pone en su sitio.

Jep, vive solo, puebla su soledad con fiestas y amigos, con quienes se reúne en un fantástico piso frente al colisseo, en un terraza con vistas al mismo, donde hablan de todo y de nada, donde la idea es que partiendo de que todos ellos son iguales en su mezquindad, egoismo y ruindad, nadie puede ni debe entonces echar en cara nada a nadie, porque si esto sucede, entonces Jep nos ofrece cinco minutos que forman ya parte de la antología del cine, lapso de tiempo en el que Jep, zarpazo a zarpazo y del tirón, canta las cuarenta a una amiga suya que se vende como escritora-madre-esposa-trabajadora-moralista perfecta, cuyo discurso se nos descubre vacuo, cimentado sobre mentiras, como así nos lo hace ver Jep, que conociéndola al dedillo, logra dejarla sin palabras. Un discurso, alimentado de hipocresía y falsedad, que muy bien pueden asumir sin esfuerzo la mayoría de la clase burguesa-alta de cualquier sociedad moderna.

Sabrina Ferilli

Jep se enamoró en su mocedad y luego su amor lo dejó y ahora a sus 60 años su amada de entonces ha muerto y su viudo le hace saber a Jep que fue él, Jep, el amor de su vida y Jep entonces recuerda, se repliega en el pasado, en las aguas y playas donde se gestó su amor, un amor que quedó embalsado en la memoria, o envasado al vacío y al cual Jep
vuelve con frecuencia, mientras su mirada se puede en el techo de su habitación convertido en un mar con gaviotas, y a Jep no le faltan relaciones esporádicas, como la que mantiene con Orietta, la cual no trabaja porque es rica, o con Ramona, de quien Jep se prenda, sin que medie ayuntamiento carnal, movido más por curiosidad que por el deseo,
algo a todas luces difícil de creer, siendo ella Sabrina Ferilli, una mujer monumental, la cual sorprende verla taparse sus pechos, cuando sale en la cama. Unos pechos, unas caderas, un cuerpo en definitiva, que le han elevado por derecho propio al Olimpo de las Diosas Carnales.

Momentos impactantes hay unos cuantos, ver por ejemplo a un cirujano inyectar botox a una recua de personajes sacados de cualquier Sálvame (hay incluso una monja a la que le sudan las manos), recauchutados todos ellos hasta lo pavoroso, en un palacete, a ¿400? el jeringuillazo.

Otro: ver a un cardenal en un restaurante de lujo cenando con una monja de clausura, haciendo manitas, y no para rezar.

Otro: dos condes venidos a menos aceptan ir como relleno a una cena, representando a otros condes, mientras la condesa gracias a una audioguía recupera retazos de su pasado que la zambullen en la tristeza.

Otro: una monja, La Santa, con más de 104 años subiendo escaleras de una columnata, defendiendo su dieta a base de raíces, «porque las raíces son importantes», o argumentando que la pobreza se vive no se escribe, respondiendo a los deseos de quienes desean entrevistarla.

Otro: un grupo de gaviotas en la terraza de Jep cogiendo fuerzas antes de su migración.

Otro: la visita de los palacetes más impresionantes de Roma, merced a un cancerbero que tiene llaves de los edificios más importantes de la ciudad gracias a que es un hombre de confianza.

Otro: una jirafa frente a un muro de piedra, que será desaparecida por un mago.

Momentos como estos, no le dejan a uno indiferente. Al final, todo esto son palabras, que se quedan muy cortas, demasiado, para alabar las bondades de esta película, que resulta cuando menos original, singular, sorprendente, de una belleza descarnada y desgarradora.

Tener como actor principal a Toni Servillo la hace todavía más grande. Una película que hay que ver se mire por donde se mire, y no porque le hayan dado el Oscar a la mejor película de habla inglesa este año, sino porque premios aparte, atesora en su interior tantos hallazgos, calidad y buenos momentos estéticos que sería una pena, para cualquier amante o cornudo del cine, no verla.

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