The hurt locker (En tierra hostil, 2008)

The hurt locker cartel películaDirección: Kathryn Bigelow.
País: USA. Año: 2008. Duración: 131 min.
Género: Acción, drama, thriller, bélico.
Interpretación: Jeremy Renner (sargento William James), Anthony Mackie (sargento J.T. Sanborn), Brian Geraghty (Owen Eldridge), Ralph Fiennes, Guy Pearce (sargento Matt Thompson), David Morse (coronel Reed), Evangeline Lilly (Connie James).
Guión: Mark Boal.
Producción: Kathryn Bigelow, Mark Boal, Nicolas Chartier y Greg Shapiro.
Música: Marco Beltrami y Buck Sanders.
Fotografía: Barry Ackroyd.
Montaje: Bob Murawski y Chris Innis. Diseño de producción: Karl Júlíusson.
Vestuario: George Little.

Nos encontramos ante otra película de guerra, ambientada en Irak, como otras tantas producciones recientes; Redacted, En el Valle de Elah, Home of the Brave, La Batalla de Hadiza, La marca de Caín, y un largo etcétera. Esta es la que más me ha gustado de todas ellas. Los soldados están en Irak, pero esto es lo menos importante, ya que lo que cuenta, es la situación personal que viven tres soldados americanos dedicados a la desactivación de explosivos.

Nos advierten al principio de la película que para algunos la guerra es una adicción. Así después de que un desactivador muera en una misión, llega a territorio iraquí un tal James. Este soldado da muestras de ser un tipo alocado, un vivales que desafía a la muerte día a día. En ese infierno en el que viven, el único propósito para la mayoría reside en contar los días que les quedan para dejar esas tierras y regresar a sus casas, algunos con sus mujeres e hijos, otros simplemente a dormitar en el sofá a la fresca en sus hogares.
Uno se plantea qué es lo que hace que haya gente dispuesta a jugarse la vida día a día en cualquier parte del globo, en terrenos desérticos, presas de encrucijadas a manos de nativos que sólo aspiran a deshacerse de los pacificadores o hemos de decir invasores.
James desafía a la muerte sin remilgos, se expone así más que la mayoría, confundiendo valentía con temeridad. No es que no tenga a nadie detrás, pues tiene una mujer y un hijo pequeño que podrían enfriar su temperamento y hacerle medir mejor sus acciones, pero esto no acontece, pues cómo le dice James a su hijo cuando regresa a casa, al hacerte mayor te das cuenta de que en esta vida solo importan un par de cosas, o mejor dicho solo una: el trabajo, de ahí que James, según pise suelo americano y mientras empuja el carro de la compra en el super, ya tenga la mente puesta en otro sitio, como el pez fuera del agua, James no sabe vivir sin el chorreo de adrenalina que le supone ponerse el traje de artificiero, en pos de esos hombres bomba dispuestos a dialogar con sus muertos.
Estoy cansados de ver como los soldados americanos las pasan putas en sus misiones en el exterior y a su regreso, todo el mundo pasa de ellos, lo que a muchos les sume en un estado depresivo, al comprobar que a la mayoría le importa un pimiento si estos soldados viven o mueren.

En este caso a James esto no le sucede y pese a que al principio su actitud con sus compañeros crea cierta una tensión de tal magnitud que incluso se plantean quitárselo del medio, luego ese temperamento es el que consigue mantenerlos vivos. Ese actuar en lugar de pensar y cagarse de miedo, es lo que a pesar de que uno de ellos tenga que abandonar la zona con la pierna destrozada, lo haga vivo.
Poderosa la puesta en escena, vibrante, demoledora, secuencias que te mantienen en vilo constantemente, protagonistas que transmiten a la perfección su miedo y ansiedad. La directora, Kathryn Bigelow, logra envolvernos en su ese edredón de fuego y pólvora, coger nuestras testas, sin dejarnos mirar para otra parte. Consigue implicar al espectador en tal grado y manera, que al final sólo queda aplaudir este espectáculo dantesco que roza la perfección inexistente en todo acto humano. Somos tan insignificantes que nuestras guerras son como petardos en manos de niños belicosos.

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